Graduación sin birrete
- Lorna Robles
- hace 4 días
- 4 Min. de lectura
Actualizado: hace 3 días
Un abrazo a todas esas madres que, como yo, están celebrando graduaciones.

Hoy mi corazón se vistió de nostalgia… y era color azul marino con brillo plateado.
Una nostalgia que me abrazó… como lo hace ese chocolate calentito, que nos tomamos en ocasiones durante Navidad y congela el momento.
Mi hija se graduó de cuarto año y me cuesta creerlo.
¿En qué momento pasó?
¿En qué momento el tiempo corrió tan rápido hacia esta meta, si apenas íbamos explorando la ruta mientras la caminábamos?
No sé si a ti te pasó igual…
Pero el corazón se me apretó y no pude evitar sumergirme en una avalancha de emociones difíciles de ordenar:
- Miedo
- Alegría
- Felicidá (¡de la buena!)
- Tristeza
- Un orgullo enOrme
- Alivio
- Mucha ilusión
- Inquietud
- Melancolía
- Optimismo
- Expectativa
¡Todas a la vez!
Las madres sabemos de qué va este sentimiento que nos alegra y duele simultáneamente, porque les hemos dado lo mejor de nosotras con el alma.
Y mientras ellos se gradúan… nosotras también.
Siento que la graduación de cuarto año de un(a) primogénito(a) no es cualquier cosa.
Desata una tormenta emocional profunda porque todo lo que se vive con este ser, es nuestra primera vez.
Y no me refiero a una erupción emocional por el reconocimiento de recibir medallas o altos honores.
Más bien, me refiero al sentimiento de ese orgullo silencioso que experimentamos las madres y padres desde nuestro backstage, al ver la carga escolar invisible que hoy sueltan:
- Las amanecidas terminando trabajos.
- Las clases virtuales.
- Las desiluciones y frustraciones.
- Los maestros que inspiraron… y los que les quitaron las ganas.
- Ese maestro que prepara su clase usando Chat GPT.
- Los cambios de etapas fisiológicas.
- Los cambios emocionales.
- Los altibajos entre compañeros.
- El embotellamiento para exámenes - algo que no funciona en esta generación.
- El cansancio que cargaron en silencio mientras intentaban cumplir con todo.
- Etcétera…
En el caso de esta clase 2026 —la de mi hija Alana— hubo además algo muy particular:
Es la clase graduada de su escuela, Central de Artes Visuales de Puerto Rico, cuya trayectoria en la institución, comenzó con los temblores del 2019, seguidos por la pandemia del 2020.
Esto provocó que tuvieran que tomar sus clases en modo virtual durante dos años.😓
O sea, pisaron el plantel escolar el primer semestre de sexto grado, y no lo volvieron hacer, hasta octavo y fue en modalidad híbrida.
Se integraron de forma presencial en noveno y con los viernes virtuales, hasta ahora.
¡Todo un reto para estas etapas!
Vivieron una experiencia que ninguna generación existente ha experimentado.
Por eso, hoy la vi diferente.
No solo vi a mi hija con su toga y birrete decorado… pintado además, de su hermosa e inmensa sonrisa. Sino que, vi a una joven cerrando una etapa completa de su vida.
Y admito que eso me conmovió profundamente.
Porque también recordé a mi niña en sus primeros días de escuelita en Mammolina Montessori, guiada de las manos de sus primeras maestras: Rosa, Janeline y Glenda.
Esa niña que guardo en mi corazón de madre y que tuvo una infancia plena, llena de hermosos recuerdos, cuentos, experiencias, logros y ocurrencias que una piensa que durarán para siempre… hasta que un día se convierten en lindos recuerdos que hacen sonreír tu corazón.
Y aunque siento una inmensa satisfacción al verla lista para comenzar nuevos caminos y con una gran expectativa ante su futuro… hay una parte de mí con cierta incertidumbre.
Pero escucho el susurro de mi corazón diciendo:
~ “¡Lo hiciste bien! Ahora te toca cerrar”.
Sí… Cerrar un ciclo crucial de crianza cumplida.
Y confiar.
Porque mientras ellos se gradúan, nuestra versión de madre comienza a despedirse en silencio.

Y al mismo tiempo que todo el mundo habla de SU futuro… yo he estado por acá tratando de entender qué pasará con el mío también.
Porque no solo cambian ellos. Cambiamos nosotras también.
(Y si le sumas a la experiencia de criar, mientras transitas por la perimenopausia, sabes de qué te hablo).
Cambian las conversaciones.
La dinámica de la casa.
Las prioridades.
La forma en que nos vemos.
Y como madres, la manera en que somos necesarias.
¡No lo digo para mal!
Porque cada etapa trae cosas lindas, pero hoy me doy el permiso de sentir nostalgia.
Y aunque todavía me quedan ocho años de crianza escolar con mi otra hija... hoy, mi primera versión de madre empezó a transformarse.
La rutina que me definió por años, haciéndolo todo por primera vez, toma un breve descanso:
- Las levantadas.
- Las loncheras – que en mi caso incluían el almuerzo (¡esto no lo voy a extrañar, aunque me quedan 8 años con la otra!).
- Los pick-up's & drop-off's.
- Los horarios.
- Las preocupaciones de escuela.
- Las actividades escolares y las extracurriculares.
- Los chismes de la infancia que te contaban con tanta complicidad.
- Los casual day's a last minute.
- Los field days. (awe!!)
Esa versión que vivió alrededor de eso por tanto tiempo… cambia de forma.
Y sí… eso mueve las emociones.
Mueve tu mundito interno.
Fueron años siendo necesaria para todo… y de momento, el trabajo más importante que has hecho, comienza poco a poco a soltarte la mano.
Pero ahí está la invitación de esta etapa.
Entender que mientras una versión termina… otra también comienza.
Y aunque todavía no tengamos muy claro cómo se ve todo esto, lo valioso es aprender a celebrar en quiénes ellos se convierten, mientras nosotras nos redescubrimos.
Porque si algo nos enseñó esta etapa, es que una madre siempre encuentra la manera.
Y sorry (not sorry), pero todo lo que este ciclo nos ha enseñado; el esfuerzo y la dedicación con la que hemos obrado, mientras aprendemos a confiar en lo logrado, ¡amerita una graduación!
No de birrete y ceremonia…
Pero sí a esas versiones nuestras que ya no existen igual.
Ahora toca confiar…
Sabemos lo que hemos sembrado y a quiénes hemos criado.
Por eso hoy, guardo el chocolatito caliente de los recuerdos en el alma.
Miro a mi niña grande caminar con su propio mapa, para que comience a trazar su propia ruta.
Confiando en que Dios seguirá guiando sus pasos.
Y no la dejo ir…
Solo le doy el permiso a volar alto, ser feliz y que encuentre su rumbo, siempre consciente de que en mi regazo, encontrará tierra firme.
🥳¡Felicidades q todas las familias graduadas!
Te veo, ¡me veo!
Cariños,
Lorna



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